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Calibrando a La Bestia

Calibrando a La Bestia

Existen situaciones que me ponen a prueba.

Que dejan en evidencia lo limitada que puede llegar a ser mi capacidad de autocontrol cuando las cosas se dan de cierta manera. Y que me recuerdan lo lejos que estoy de lograr regular por completo mis emociones.

Visitar la heladería con dos niñas chicas es una de ellas...

Sonrío al ver las caritas de felicidad cuando se enteran de la noticia. Empiezo a visualizar lo lindo que la vamos a pasar: cada uno sentado en su silla, sosteniendo su cono en posición vertical, raspando cuidadosamente hacia arriba con la cuchara cada vez que surge una gota en el límite entre el derretido helado y el crocante barquillo.

Luego vamos a la heladería y confirmo que lo que estaba visualizando era una fantasía. La realidad resulta ser más sucia y caótica.

Los cucuruchos bailan en las manos de las chicas como un péndulo, haciendo que la bocha quede suspendida al borde del abismo. Sillas, mesa, suelo y bermudas con rastros de helado, al punto de no poder discernir si fue más lo que se consumió que lo que goteó. ¿Cuántas servilletas se compran al mes en una heladería?

No siendo tan amigo del desorden, este tipo de situaciones me lleva al límite, despertando lo peor de mí...

Siento el primer rugido al ingresar al local. Cuando estamos eligiendo los sabores, oigo el segundo. Y a los pocos segundos de sentarnos en la mesa, La Bestia ya empezó a forzar la correa, casi al punto de liberarse.

La heladería es un foco de contagio del Virus de la Posesión Explosiva.

Pero no me gusta que cada visita a la heladería —algo que debería ser divertido y disfrutable— se transforme en un calvario (recordemos también que las bestias se atraen...).

¿No habrá forma de inmunizarme ante este tipo de situaciones?
¿Alguna vacuna que silencie los rugidos y reduzca los intentos de posesión?

Un viejo filósofo me enseñó una técnica que me ayudó a combatir este tipo de situaciones.

Algo tan simple que ni siquiera amerita llamarse técnica.

Pero como dijo Leonardo da Vinci: “La simplicidad es la última sofisticación”.

“Al prepararte para cualquier acción, recordá la naturaleza de esa acción.

Por ejemplo, si vas a una piscina pública, recordate de los incidentes comunes: gente salpicando, algunos empujones, algunos gritos, ladrones robando pertenencias desatendidas. No te vas a alterar si entrás en la experiencia ya preparado para esas cosas y decidido a mantener tu armonía interior.

Si algo indeseado sucede, vas a poder decir: “Mi deseo no es solo nadar, sino también mantenerme en armonía con la naturaleza de las cosas. No puedo conservar esa armonía si me dejo alterar por cosas que están fuera de mi control”.

Y así es con cada acto o experiencia”.

— Epícteto, The Manual

He notado que La Bestia acecha en lugares donde uno no esperaba encontrarla.

Su ataque es una sorpresa. Es como si cada rugido fuese un grito de frustración ante lo inesperado, eso que no salió como planificamos o como nos hubiese gustado.

Como cuando tenés que llegar en hora a un lugar, y salís con poco margen convencido de que no va a haber bloqueos de tránsito… pero no tuviste en cuenta que era hora pico y estaba cortada la rambla de Montevideo.

O cuando un niño salvaje visita tu casa y ni te preocupaste por quitar decoraciones frágiles o cubrir bordes filosos de tus muebles, porque jamás imaginaste que el mismísimo Chucky iba a venir a visitarte.

Cuando la realidad es mucho más molesta, destructiva y caótica de lo que anticipabas, tener dominio sobre La Bestia se vuelve aún más necesario.

La clave, como enseña Epícteto con sus sabias palabras, está en calibrar las expectativas.

En el “antes de... recordá”:

  • Antes de ir a una piscina pública, recordá a los que salpican, los empujones, la falta de reposeras, las nubes que pueden llegar a opacar el sol...
  • Antes de salir a manejar en hora pico, recordá los usuales bloqueos de tránsito, los choques inesperados, los conductores acelerados cometiendo imprudencias, los potenciales problemas con tu vehículo...
  • Antes de que venga un niño a tu casa, recordá que algunos son más salvajes que otros, que les gusta explorar, que ensuciar está en su ADN, que no entienden la palabra “silencio”...

Cuando nuestro plan tiene espacio para todo lo que podría llegar a pasar, las sorpresas ya no tienen lugar. Transformamos el hábitat mental en el que respira La Bestia en un hábitat incapaz de mantener a la especie originaria. Los rugidos se vuelven más suaves, casi inaudibles. Y nosotros estamos más frescos y preparados para soportarlos.

Y es así que logré inmunizarme ante el contagio de las heladerías. Que no es que las disfrute, pero al menos, no me enferman.

Antes de ir a una heladería con las niñas, recordá que van a quejarse de la esquina quebrada del cucurucho, que se van a arrepentir de no elegir un vasito, que toda su ropa va a terminar manchada con chocolate —y tu ropa también—, pero que al final del día, van a disfrutar y pasarla bien”.

El Encantador sabe dónde habita La Bestia.

Estudia su comportamiento y descifra sus patrones.
La causa de sus rugidos, el origen de sus explosiones.

Y calibrando expectativas, desarma sus ataques.

Para masticar...

¿Qué situación podrías desarmar si te anticiparas con un buen calibrado de expectativas?